Reconozco que me da mucho respeto hablar de temas relacionados con la pandemia y que no me gustaría estar en el pellejo de quienes tienen que tomar decisiones sobre qué hacer y qué no hacer para gestionar esta terrible situación y para equilibrar las medidas sanitarias con las económicas.
Como simple observadora, el cierre de la hostelería no tiene ningún sentido por la baja incidencia de contagios y por las medidas que el sector ha tomado desde prácticamente el minuto cero tanto en higiene, desinfección como en distancias y aforos. No tiene sentido cuando se han permitido aglomeraciones mucho mayores en los medios de transporte públicos, en otro tipo de eventos, en los supermercados o en la propia calle, con estampas como las producidas este mismo fin de semana con el encendido de las luces navideñas.
Sea como sea, si un sector ha resultado afectado y destrozado por las medidas que unos y otros han impuesto, Estado y Autonomías, ese es el de la hostelería y los servicios turísticos, con todo lo que conlleva en proveedores y distribuidores, además de los propios puestos de trabajo que genera. Eso, que en España entera es un problemón, una crisis en toda regla, en Zamora es una tragedia, porque somos una provincia de servicios, envejecida y sin industria, en la que la hostelería insufla vida.
Yo no sé a ustedes, pero a mí se me cae el alma cuando veo los establecimientos cerrados, las sillas de las terrazas candadas como barquillas amarradas en un puerto para viajar a ninguna parte y a los madrugadores vagando por la calle con el café entre las manos sin saber qué hacer con él. Es desolador
La Junta anunciaba hoy la apertura general de las terrazas en toda la Comunidad, incluso en provincias como Zamora, donde no parece que de momento bares, cafeterías y restaurantes vayan a poder abrir sus puertas. Un sinsentido en pleno mes de diciembre y cuando ya se ha anunciado para el fin de semana un desplome de las temperaturas, con avisos de nieves y temporales.
En una provincia como Zamora, en una tierra como Castilla y León, en esta estepa mesetaria o en sus montañas, una terraza a unos cuantos grados bajo cero, por bien acondicionada que pueda estar, no va a salvar el desastre de un sector que lo que necesita son medidas urgentes de apoyo y recobrar su actividad, suspendida sin pies ni cabeza, salvo que haya datos y razones que a los ciudadanos profanos en la materia y a los propios hosteleros se nos escapen o no hayan sido explicados con meridiana claridad.
La apertura de las terrazas es un «sí, pero no» que, lejos de beneficiar al sector, los deja tiritando y con el culo al aire, y nunca mejor dicho. Quizá no sea de Covid, pero más de una pulmonía puede adjuntarse en la carta de terrazas del terrible invierno de estas tierras, si no se permite acceder al interior de los locales.
O somos, o no somos. O se abre con garantías y sentido común, o no hagan que parezca que son los hosteleros, que se están muriendo por dentro, los que no quieren trabajar.